Ferias medievales, esclavitud moderna

Acudimos a varias ferias de pueblo este verano y con ello volvemos atrás en el tiempo, a la época medieval. Muy conseguido, efectivamente: las ferias medievales se han convertido en auténtico ejemplo de otra época. Pero no por sus stands, ni por su comida, o por su música. Desgraciadamente los protagonistas- las víctimas- de este viaje en el tiempo son los animales. Una vez más. El trato que se les da es digno de otra época, no del siglo XXI.

 

“Paseos en Camellos, 3 euros”. “Sácate una foto con el ave que elijas por solo 5 euros”.

Carteles que buscan sobre todo el antojo de l@s más pequeñ@s. ¿Cómo vas a negarle a tu hij@ un paseito en pony, o incluso en dromedario? O una foto con un águila imperial enganchada a tu brazo, de recuerdo para toda la vida.

Así que vienen, pagan, se dan su paseo, se sacan la foto y se van.

Si lo cronometráramos, habrían tardado en total 3 minutos. Pero en Fundación Alma Animal nos propusimos quedarnos ahí cuando tras el paseo y la foto se van, quedarnos con los verdaderos protagonistas del show: caballos, ponys, burros, dromedarios y camellos;  búhos reales, buitres, águilas imperiales, lechuzas, halcones, aguiluchos… una amplia selección de aves rapaces y salvajes. O más bien, las sombras de los bellos animales que pudieron ser y nunca serán.

Queríamos prestar atención a todos los detalles que suelen pasar desapercibidos para la gran mayoría de los humanos. Así que acompañamos durante horas y cámara en mano a esos animales que se exponen cual objetos para nuestro uso y disfrute.

Grabarles en sus largas esperas te va de alguna manera obligando a mimetizarte con ellos. A sentir como ellos, a sufrir como ellos lo hacen. Tus oídos ya no son humanos, son los de un aguilucho. Y de repente la feria medieval te suena extremadamente ruidosa: la megafonía está a todo volumen, hay música todo el rato, y los stands de artesanos de al lado trabajan el hierro de manera ruidosa, y tus oídos son tan sensibles que te duele el escándalo. L@s niños no paran de gritar a tu lado pidiéndoles a sus padres una foto. Te asustas como se asusta ese aguilucho, pero tú puedes moverte cuando quieras y alejarte del ruido, él en cambio, y el resto de aves que tiene de compañía, no pueden: están todos encadenados, y a pesar de que intentan por todos los medios huir, solo alcanzan a tener un revoloteo indigno y doloroso que nadie ve.  Su intento de huida es en vano, les usan para la foto, les ponen en brazos de extraños, una y otra vez.

5 euros por aquí, 5 euros por allá.

Todo el fin de semana así, y luego, toca mudarse y a otra feria. 5 euros por aquí, 5 euros por allá, constantemente. En las exposiciones de cetrería hay muchas aves nocturnas, cuyos ciclos vitales están totalmente alterados para que nosotros, los humanos, podamos contemplarlos. Las más afortunadas pueden desplegar un poco las alas, cuando les obligan a volar para el espectáculo del día. 10 minutos acudiendo a la llamada del dueño del negocio con vuelos por encima de las personas o vuelos entre los brazos de l@s niñ@s colocados en fila y formando un túnel para que el ave los atraviese. Y al finalizar el espectáculo, vuelta a la cadena.

Nadie parece afectarse al ver sus cadenas. Se dan por hecho. Cadenas en sus patas de ave, o cadenas en sus hocicos de dromedario, de camello, de caballo, de burro, de pony.

No sé si es más duro sentir su ensombrecida existencia o la indiferencia de la gente. L@s niñ@s están felices de estar al lado de esos animales, y l@s adult@s de hacer felices a sus hij@s. No hay preguntas, no se hacen; de todas las ferias que he visitado, solo una voz disonante: una madre que le explicaba a su hijo que no le gustan los ponies atados y trabajando, si no libres. Sus sabias palabras me conmovieron, resonó como un grito de esperanza entre tanto silencio compartido por el resto.

Vuelves a meterte en sus cuerpos agotados, y te pasas horas bajo el sol, sin apenas sombras que te cobijen; das paseos constantes y cuando te niegas, tira fuertemente de la cuerda que te ata el que se lucra a costa de tu vida; paseas muchas veces entre los coches que te estresan y sobre el duro asfalto que te hace daño (las patas de los camellos están adaptadas a suelos arenosos, no a superficies duras); padeces horas de obligada paralización cuando te atan otra vez de vuelta del paseo.

Y esa quietud se les desborda.

Si realmente te paras a observarles, eres testigo de todas sus estereotipias. Muerden las vallas a las que están atados de pura ansiedad, durante tanto tiempo que las maderas están roídas y desgastadas. Cabezas bajas, ojos cerrados, orejas gachas, todas ellas señales de poca vitalidad. Constantes movimientos repetitivos que no les lleva a ningún sitio, salvo a intentar huir de si mismos.

¿Cuándo dejamos de ser empátic@s?, ¿en qué momento dejamos de darle importancia a las cadenas?, ¿cuándo se volvieron invisibles?, ¿cuándo decidimos que es más importante una foto a 5 euros o un paseo a 3 que toda sus vidas como esclavos?, ¿cuándo optamos por darles la espalda, alejarnos y dejarles allí, atados a su propia miseria para el lucro de algunos?

La sociedad avanza, evoluciona, cambia, ya es hora de dejar de esclavizar a nuestros compañeros los animales.

 

Virginia Díaz González.

Departamento Audiovisual de Fundación Alma Animal.

2017-11-22T09:28:10+00:00 septiembre 19th, 2017|0 Comments

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