Cada año miles de millones de animales considerados de granja mueren para servir de comida a los seres humanos, animales en los que sólo pensamos como productos de consumo, pero que no dejan de ser seres sintientes, sensibles e inteligentes, que desarrollan relaciones sociales y familiares complejas.

Preferimos ignorarlo, pero la producción de los productos de origen animal implica siempre la muerte y el sufrimiento de los animales, en su asesinato y durante todo su cautiverio. 

Aves, conejos y cerdos son los animales terrestres considerados de granja más explotados por su carne, huevos y piel. Es tal la cantidad de animales marinos que son explotados que se les cuenta por toneladas, seres igualmente capaces de sentir y sufrir como demuestran diversos estudios científicos. Y esto sin contar otros tipos de consumo como el de la peletería, cosmética, caza, etc.

El consumo desmedido de productos de origen animal no sólo provoca el sufrimiento directo de los individuos asesinados, la explotación ganadera es una de las mayores causas de contaminación ambiental y por lo tanto del cambio climático: exceso de gases tóxicos contaminantes, destrucción del suelo y acuíferos por el exceso de nitratos y restos de antibióticos en las heces y orina de los animales, deforestación y mayor uso de fertilizantes químicos, etc.

Además precisa de un gasto desorbitado de recursos agrícolas e hídricos que de otra forma podrían dedicarse al consumo humano.

Según las cifras oficiales del MAGRAMA referente a las principales especies ganaderas (bovina, porcina, ovina, caprina, equina, aviar y cunícola) en el pasado año 2018 en mataderos españoles se asesinaron:

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ANIMALES NO HUMANOS
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EQUINOS (Caballos, mulas y asnos)
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CAPRINO (Cabritos lechal, chivos y cabras)
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BOVINOS (Terneras, novillas, vacas y toros)
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OVINO (Corderos y Ovejas)
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CONEJOS
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PORCINO (Lechones y cerdos)
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AVES (Broilers, gallinas, pavos, patos, otros)

El sistema industrial de cría intensiva (el más común) confina a los animales en grandes grupos, hacinados en compartimentos sin apenas espacio para moverse y sin ver en su vida la luz del sol, tan solo cuando son enviados al matadero. Esto les produce estrés crónico, degeneración física, conducta repetitiva estereotipada y frustración. 

La cría selectiva para acelerar el crecimiento y una dieta inapropiada les produce numerosas enfermedades y problemas de salud. Además, permanecer sobre sus excremento les produce quemaduras y úlceras que rara vez son tratadas. 

El control veterinario es escaso o nulo, como prevención se les suministra antibióticos sin control para que las infecciones no produzcan bajas masivas y para disminuir el impacto de las agresiones por el hacinamiento, les realizan amputaciones,  castraciones o sacrificios anticipados sin anestesia.  

Las hembras son forzadas continuamente a tener crías y son separadas de ellas al poco tiempo de nacer. Después de algunas camadas, por el mal estado en el que se encuentran, son sacrificadas. A patos, ocas y gansos les introducen a la fuerza un tubo metálico para sobre alimentarlos y hacer crecer su hígado diez veces su tamaño normal. Muchos mueren por asfixia o por las perforaciones producidas al intentar liberarse y normalmente sufren enfermedades del sistema digestivo y hepáticas. 

La muerte es muchas veces una bendición, aunque no menos dolorosa. El sacrificio con aturdimiento no siempre es efectivo y con frecuencia el animal sigue consciente durante todo el proceso. Las aves normalmente son desplumadas y escaldadas en vivo. Y en casi todos los casos se hacen sacrificios masivos alcanzado el estrés y el miedo a niveles de colapso.

El cruel negocio de la leche

La industria láctea es una de la industrias más crueles en términos de maltrato animal. Se calcula que en España son sacrificados anualmente alrededor de un millón y medio de animales de diferentes especies (ovino, caprino y bovino) para la recogida y producción de productos lácteos, siendo el consumo más frecuente el de la leche sin transformar, seguido por sus derivados, nata, leches desnatadas, yogures, quesos, etc.

Resulta sencillo obviar esta realidad si sólo pensamos en las cifras y no en lo que se esconde tras ellas. Millones de animales han sido explotados para que el ser humano consuma un producto poco beneficioso para la salud y con gran impacto medioambiental.

Diversos estudios apuntan que los lácteos, a corto, medio o largo plazo, son los responsables de muchas de las enfermedades que aqueja la sociedad occidental, en la cual el consumo de estos productos está generalizado y extendido al uso diario.

Somos la única especie que consume leche después de destetarnos de nuestras madres, leche de otra especie, que por su composición química, no esta preparada para nuestro organismo. Si bien, no es complicado darse cuenta de este hecho observando el número cada vez más creciente de alergias a los productos lácteos.

Enfermedades como la osteoporosis, producida por la constante descalcificación por parte del calcio de la leche, que sufren nuestros huesos; los problemas coronarios, el colesterol, las alergias y las afecciones respiratorias.

Y es que los productos lácteos, aparte de innecesarios en nuestra dieta, provocan un daño en el ecosistema difícil de remediar. La gran cantidad de agua empleada en todo el proceso de producción, la reproducción incontrolada de ganado para abastecer las demandas del consumidor, las heces de los animales, hace que nuestro planeta no sea capaz de regenerarse y esté cada vez más contaminado.

Contrariamente a lo que se cree, las vacas (u otras madres mamíferas) no producen leche de forma natural. Para dar leche, una vaca debe quedarse embarazada. Y para que las cantidades de leche obtenidas a partir de su cuerpo resulten rentables a los ganaderos, los terneros deben ser separados prematuramente de sus progenitoras.

Esta separación se produce habitualmente entre el primer día de nacimiento y la semana siguiente, provocando en ambos un estado de angustia, tristeza y depresión que puede durar semanas. Es común oír las lamentaciones de madres e hijos que han sido separados en las granjas lecheras.

Tras la separación, las vacas son ordeñadas ininterrumpidamente hasta que “se secan”, confinadas en pequeños espacios, colocadas en fila, unas al lado de otras y conectadas a máquinas que les roban la leche de sus crías. Ésta práctica les provoca diversas infecciones o enfermedades en las ubres. La más conocida y habitual es la mastitis: una dolorosa infección con supuración de pus y sangre.

El destino de los terneros no es más afortunado. Si nacen hembras, se las cría hasta que tengan edad de reproducción y así poder seguir el camino de sus madres. Primero serán inseminadas artificialmente (violadas) y una vez su gestación llegue a término sufrirán la separación de sus hijos, el doloroso ordeño, y nuevamente vuelta a empezar.

De los animales de granja se espera obtener rendimiento, por lo que son considerados meras máquinas a explotar al máximo, y no individuos sintientes con intereses propios.

Una vaca vive en libertad una media de 15 años, pero, en las granjas su esperanza de vida ronda los 4 o 5 años, pues se extenúa de tal manera su cuerpo y su aparato reproductor en especial, que el desgaste termina por hacer que su producción disminuya de tal forma que no resulte rentable para el negocio, y se la deseche enviándola al matadero para carne.

Si el ternero nace macho, y por tanto, no aprovechable para la obtención de leche, se procede al aislamiento en pequeños cubículos que impedirán que pueda desarrollar su musculatura, durante las semanas que permanezca en la granja. Se le provee de una dieta insuficiente para que enferme de anemia, y así, junto a la reducida –o nula- movilidad, su carne resulte tierna al paladar del consumidor, una vez se haya sacrificado en el matadero.

En la mayoría de las granjas, son también procedimientos habituales, el descorné, que consiste en impedir que los cuernos crezcan, mediante diferentes técnicas, tales como el arrancado con aparatos mecánicos o la aplicación de productos químicos, ambas técnicas dolorosisimas para los animales; la desinfección de las ubres mediante sopletes de fuego y la administración de hormonas, antibióticos, antidepresivos o vitaminas, para tratar de mejorar el rendimiento y paliar las numerosas enfermedades sufridas por las vacas al permanecer en condiciones de higiene dudosas, en posiciones antinaturales, incluso atadas por el cuello en muchos casos.

Desde hace siglos, también se realiza la selección genética en madres y crías, con el fin de, nuevamente obtener el óptimo rendimiento al más bajo coste. Es común ver vacas con ubres de tamaños totalmente desproporcionados, terneros que nacen sin cuernos, toros con los músculos muy desarrollados, etc.

Las alternativas a los productos lácteos, aparte de estar libres de todo este sufrimiento animal, son saludables, baratas y cada vez más fáciles de encontrar en los mercados habituales. Contamos ya en nuestro país con una gran variedad de leches vegetales, aptas para todos los gustos y necesidades. También yogures, natas, mantequillas o margarinas, y quesos cien por cien vegetales, que emulan a la perfección el sabor de su análogo de origen animal.

Escogiendo estos productos y rechazando los provenientes de la explotación animal, contribuyes a crear un mundo mejor, para ellas y para nosotras.

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